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La música de los vampiros: primera parte

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La música de los vampiros: primera parte

Mensaje  lady_bathory el Sáb Mayo 30, 2009 2:19 am

2

Eran los últimos días de la agonía del verano, el otoño estaba aproximándose toda velocidad y hacía una noche fría, la primera de la estación, un cambio considerable respecto al típico clima suave de Maryland. Frío, pensó el chico, y sintió que se le entumecía la mente. Los árboles que podía ver desde la ventana de su dormitorio eran como gigantescas estacas de negro alquitranado, líneas que temblaban porque tenían miedo al viento o, quizá, que sólo intentaban mantenerse en pie contra él. Cada árbol estaba totalmente solo ahí fuera. Los animales estaban solos. cada uno en su agujero, envueltos en su delgada capa de piel, y cualquier criatura que fuese atropellada aquella noche en la carretera moriría a solas. El chico pensó que su sangre se congelaría sobre las grietas del asfalto antes de que hubiese amanecido.
Había colocado una postal sobre su escritorio manchado de cera y lleno de cortes de navaja. El cuadro reproducido en la postal era una obra abstracta llena de colores. Había manchones de un rosa oscuro, líneas de verde mar y gris tormenta, puntitos dorados que parecían haber sido incrustados en hojitas relucientes. Cogió su estilográfica con la elegante plumilla en forma de corazón, metió la delicada punta en su tintero (la estilográfica y la tinta habían sido robadas de la clase de arte de la escuela), y escribió unas cuantas líneas finas como patas de araña sobre el reverso de la postal.
Después el chico estiró las piernas por debajo del escritorio y agarró con los dedos de sus pies descalzos la botella que había escondido ahí. El licor que contenía era de un color ámbar más oscuro que el que estaba acostumbrado a beber, y cuando tomó un trago sintió una acre vaharada a humo oculta detrás del familiar sabor almizclado que le raspó la garganta. Tragó el whisky, y se lamió los labios para humedecerlos con la esencia del licor y de su saliva traslúcida. Después cogió la postal, se la llevó a la boca y le dio un beso que sabía a whisky, besándola con el mismo anhelo enloquecido que se adueñaba de él cuando soñaba con besar la boca más dulce y suculenta imaginable. Después volvió a coger la estilográfica y firmó la postal con su nombre: Nada.
La N mayúscula y el rabillo de cada a parecían flotar como colas de cometa. Su d era un cuchillo alzado hacia el cielo. Tomó otro trago del Johnnie Walker de sus padres, y se dio cuenta de que ya podía sentir esa familiar espera medio asustada que anunciaba la llegada de la embriaguez a su estómago y del mareo que flotaría dentro de su cabeza. Se estaba emborrachando con dos tragos de whisky. Estaba claro que la ***** guardada en el armarito de las bebidas de sus padres era bastante más fuerte que la ***** que sus amigos echaban dentro de las botellas de Pepsi vacías, las botellas que luego pasarían de una mano a otra dentro de los coches que iban demasiado deprisa en la autopista de las afueras del pueblo.
Contempló la postal y frunció el ceño al ver la firma, Nada, unos trazos cada vez más negros y mates que se iban secando poco a poco, y deseó haberla firmado con sangre. Quizá aún no fuese demasiado tarde. Se pinchó la muñeca con la plumilla de la estilográfica hasta que apareció una cuenta de sangre, rojo brillante sobre la palidez de la piel de su muñeca, con un destello de la luz reluciendo en ella como un aguijonazo. Volvió a firmar la postal, Nada escrito en sangre, resiguiendo poco a poco las letras con el líquido carmesí. La tinta se mezcló con la sangre y toda la firma se fue secando poco a poco hasta adquirir el color oxidado entre marrón y rojizo de una costra vieja. El resultado no le decepcionó.
Su sangre trazó un lento sendero que fue bajando por la parte interior de su antebrazo manchando los finos pelitos invisibles, cubriendo algunas de sus viejas cicatrices y dejando al descubierto una parte del encaje dibujado por la navaja. Nada fue quitando la sangre con la lengua. La sangre le manchó los labios dejándoselos pegajosos, y Nada se volvió hacia su reflejo en la ventana y se sonrió a sí mismo. El Nada-de-noche que había en el cristal le devolvió la sonrisa. El chico de la ventana tenía la misma larga cabellera negra teñida, el mismo mentón puntiagudo, los mismos ojos oscuros en forma de almendra..., pero su sonrisa era mucho, mucho más helada.
Nada apagó la luz, y contempló cómo el chasquido acababa con la existencia del reflejo de su dormitorio y cómo la fría noche inundaba los cristales. Se tumbó en la cama, y alzó la mirada hacia los planetas y las estrellas que brillaban en su techo detrás de las capas de media de malla negra que había colgado en él. Nada las había pintado una por una, los anillos de Saturno torcidos, las constelaciones enloquecidas.
Tuvo la sensación de que su cuarto se tensaba en la oscuridad y de que su silueta de negrura se alzaba a su alrededor, no aterradora, pero innegablemente llena de poder. Nunca estaba muy seguro de qué había ahí. Cigarrillos, pensó. Flores del cementerio, y ese hueso, ese maldito hueso que su amigo sioux se negaba a revelar de dónde había salido... Libros, la gran mayoría robados de estantes en las librerías de viejo donde Nada sólo dejaba las huellas de sus dedos en el polvo. Relatos de terror, delgados volúmenes de poemas. Dylan Thomas, naturalmente, y otros. Un ejemplar de Contempla tu hogar, ángel, y en la portada la piedra, la hoja, la puerta que no podía ser encontrada y el ángel con su delicada expresión de pétrea estupidez. Un lirio caído de la mano del ngel, muerto en la piedra. Polvo. Sus viejos animales de peluche. Un esqueleto de barro que su amigo Laine le había traído de la fiesta del Día de los Muertos en México, dos lentejuelas rojas por ojos, un poco de purpurina empolvando sus costillas. Todos los objetos que había en su cuarto -todos los dibujos a lápiz clavados en las paredes, las fotos recortadas de revistas musicales casi desconocidas y las listas secretas en los cuadernos- tejían una red de poder a su alrededor.
Tiró de la colcha para envolverse las piernas y se acarició las costillas y los huesos de las caderas. Le gustaba estar tan delgado. La puerta del dormitorio se abrió de repente, y una luz dolorosamente
intensa irrumpió desde el pasillo. Nada apartó la mano y tiró de la colcha hasta su cuello.
-¿Jason? ¿Estás dormido? Sólo son las nueve... Dormir demasiado es malo.
“Podría bloquearme los canales”, pensó él.
Sus padres entraron en la habitación y Nada sintió cómo la red de poder se derrumbaba y se alejaba flotando en el viento, hebras rotas que le rozaban la cara. Su madre, recién salida de su clase de curación con cristales en el Centro de Artes, con cara de entusiasmo y exaltación. Le brillaban los ojos, y sus mejillas estaban demasiado rojas. Su padre, detrás de ella, sintiendo un obvio alivio al estar de nuevo en casa.
-¿Has hecho tus deberes? -preguntó su madre-. No quiero que te vayas a dormir tan pronto si no has hecho tus deberes... Ya sabes lo que tu padre y yo opinamos de que un chico tan listo como tú sacara esas notas el último trimestre..., ¡un suspenso en álgebra!
Nada volvió la mirada hacia la pila de textos escolares que había al lado de su armario. Una tapa era de un color turquesa que te hacía pensar en vómitos, otra era naranja chillón. La camiseta negra que había tirado sobre los libros casi ocultaba las tapas. Nada pensó que si los amontonaba todos con mucho cuidado, quizá conseguiría erigir un altar.
-Quiero hablar contigo, Jason.
Su madre entró en la habitación y se acuclilló junto al colchón. Llevaba un suéter de lana suave e iridiscente, color rosa y azul. Nada contempló con expresión fascinada cómo una motita de ceniza de la alfombra se transfería a sí misma delante de sus ojos hasta la rodilla de los pantalones de algodón color crema de su madre. Alzó la cabeza y echó un vistazo a la colcha. Sí, le tapaba lo suficiente para que estuviese decente. Nada creyó ver los dos pequeños riscos de los huesos de sus caderas tensándose debajo de la colcha.
-Esta noche mi círculo de apoyo ha meditado con nuestros cristales rosa -dijo su madre-. Pensé en ti. No quiero impedir que te realices a ti mismo, y te aseguro que no quiero disminuir tu potencial. -Hizo una pausa para lanzar una rápida mirada a su esposo, que estaba fulminándoles con la mirada desde la puerta, y por fin dejó escapar la gran revelación-. Si todavía lo deseas puedes hacer que te perforen la oreja. Tu padre o yo iremos contigo.
Nada volvió la cabeza para ocultar los dos agujeritos minúsculos que había en el lóbulo de su oreja izquierda. Se los había hecho con una chincheta y varios tragos de vodka un día en la escuela. En la
delegación de la cadena El Joyero del centro comercial se negaban a perforar la oreja de quien tuviera menos de dieciocho años si no enseñaba un permiso de los padres especialmente si la oreja en cuestión pertenecía a un chico vestido de negro que aparentaba menos de los quince años que tenía en realidad y que falsificaba firmas en una interminable sucesión de permisos de salida escolar de fabricación casera. No era de extrañar que su padre estuviera cabreado. Aquello era la indignidad definitiva e insuperable: un hijo que quería llevar pendientes.
-Un momento, un momento... ¿Qué infiernos es esto? -Su padre cruzó la habitación de dos zancadas y sacó la botella de Johnnie Walker de debajo del escritorio. Las últimas hebras casi impalpables de la red pasaron con un susurro ante el rostro de Nada y se disolvieron en el aire. Creyó oler el fantasma del incienso-. Jovencito, creo que me gustaría que me dieras una expli...
-Espera un momento, Rodger. -Su madre irradiaba benevolencia y plenitud espiritual-. Jason no es malo. Si ha estado bebiendo deberíamos invertir más tiempo de calidad en...
-¿Tiempo de calidad? ¡Y una *****! -Nada decidió que últimamente su padre le caía mejor que su madre, aunque en realidad no podía decir que ninguno de los dos fuera una maravilla-. Jasón ya no es un niño. Tiene quince años y va de un lado a otro con una pandilla de inútiles que le están acostumbrando a beber y a hacer sólo Dios sabe qué otras cosas... Se tiñe el pelo con ese ridículo tinte negro que deja manchas en todas las fundas de las almohadas, y luego las fundas se cargan mis mejores camisas cuando las metes en la lavadora. Fuma cigarrillos..., Lucky Strike -dijo su padre poniendo cara de repugnancia. Nada se fijó en el extremo del paquete de Vantage que asomaba del bolsillo del pecho de su padre-. Tira la ropa que le compramos a la basura o la hace pedazos antes de ponérsela y ahora ha empezado a robar a sus propios padres. Las cosas van a CAMBIAR. . .
-Rodger... Hablaremos de ello entre nosotros, ¿entendido? No te preocupes, Jason, no vas a tener ninguna clase de problemas.
Su madre salió de la habitación, desplazándose con lo que no cabía duda era más levitación que caminar, con su padre a remolque detrás de ella. Su padre cerró la puerta haciendo mucho ruido. Una hilera de libros se cayó esparciendo a Plath, Bradbury y William Burroughs sobre el suelo en una improbable orgía de papel y polvo.
-¿Qué demonios querías decir con eso de que no va a tener ninguna clase de problemas? -gritó su padre en el pasillo-. Maldita sea, pues claro que tiene problemas, y va a tener más...
Nada cerró los ojos durante un momento y contempló los manchones rojos que nadaban detrás de sus párpados. Después se levantó y estiró su esbelto cuerpo desnudo meneando la cabeza y agitando las manos para limpiarse del contacto con su madre. Su padre se había llevado el whisky bueno. pero Nada tenía su botella particular de pudrecerebros escondida en el armario. La botella contenía algo llamado White Horse. Había convencido a su amigo Jack de que se lo comprara debido al nombre: Dylan Thomas se había bebido sus últimos dieciocho whiskys en un pub de Nueva York que se llamaba así.
Nada se acostó en la oscuridad y fue tomando sorbitos del gollete de la botella mientras parpadeaba contemplando las estrellas del techo. Pasado un rato las constelaciones empezaron a bailotear. “He
de salir de aquí”, pensó cuando faltaba muy poco para que amaneciera, y los fantasmas de todas las décadas de niños de la clase media de Estados Unidos que habían tenido pánico a la complacencia, el estancamiento y la muerte cómoda flotaron delante de su rostro y murmuraron que estaban totalmente de acuerdo con él.
Al día siguiente la señora Margaret Peebles inició la clase de literatura inglesa hundiendo la hipodérmica de la instrucción más elevada en El señor de las moscas para absorber hasta la última gota de su magia primigenia y hasta el más mínimo rastro del asombro y los prodigios adolescentes que contenía. Nada sabía que la mitad de la clase ni se había leído el libro. Si lo estaban juzgando por lo que decía la profesora no podía culparles, desde luego; pero él lo había leído hacía tres años, una tarde de verano que pasó en la cama con fiebre, y cuando dejó el libro por fin le temblaban las manos. Aquellos niños salvajes con la piel cubierta de sal habían corrido por el interior de su cabeza, y Nada había llorado por esas almas tan jóvenes que habían crecido tan deprisa.
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