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La musica de los vampiros: primera parte

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La musica de los vampiros: primera parte

Mensaje  lady_bathory el Sáb Mayo 30, 2009 2:20 am

2

Clavó la mirada en la página en blanco del cuaderno que tenía delante. Líneas azules y rosas pulcramente trazadas. Nada empezó a contarlas, pero no tardó en hacerse un lío. El reloj indicaba que eran las nueve y diez. Aún faltaban veinte minutos de clase. La cabeza le dolía debido al whisky que había bebido anoche, y quería dormir. Empezó a dibujar sobre la página. Remolinos, ondulaciones. Los primeros vestigios de un rostro. Un ojo, verde porque estaba dibujando con un rotulador verde. Un diente.
-Jason
Fuera, muy lejos de allí y al otro lado de la enorme extensión de césped, más allá del montón de granito rosa que hubiese parecido una lápida de no ser por el tigre esculpido que se agazapaba gruñendo sobre él (Regalo de la Clase de Graduación, 1972), una camioneta negra avanzaba a toda velocidad. La carretera que pasaba junto a la escuela era larga y muy recta, y la camioneta iba tan deprisa que Nada sólo pudo captar un instante del canturreo que el viento arrancaba de las ventanillas abiertas de la camioneta y que flotaba por el aire sobre las alas del cálido y soleado día de septiembre; pero aun así estuvo seguro de que era Bowie. Dentro de la camioneta había alguien que cantaba una canción de David Bowie. Las voces eran límpidas y potentes, y estaban impregnadas de alcohol. Nada contempló cómo la camioneta desaparecía y deseó más que cualquier otra cosa en el mundo poder marcharse con ella, poder alejarse con esos cantantes felices que bebían y cantaban y volaban por encima de la carretera que llevaba a cualquier parte.
-Jason
Suspiró. Peebles le estaba mirando. El resto de la clase no les prestaba ninguna atención. Ellos también estaban en otro lugar, en sus mundos particulares, conduciendo por sus propias carreteras privadas.
-¿Qué? -dijo.
-Estábamos comentando El señor de las moscas, de William Golding. ¿Has leído el libro?
-Sí, lo he leído.
-Bueno, entonces quizá puedas hablarme de la rivalidad existente entre Jack y Ralph. ¿Qué permite que llegue a hacerse tan enconada?
-La atracción que sienten el uno hacia el otro –respondió Nada-. El amor que sienten el uno hacia el otro... Se amaban con un amor tan feroz que cada uno quería ser el otro, y sólo cuando amas tanto a alguien puedes llegar a sentir tanto odio hacia esa persona.
Un estallido de risas recorrió la clase. Un par de chicos se miraron y pusieron los ojos en blanco.
­¡Menudo maricón está hecho!
Peebles tensó sus delgados labios.
-Si hubieras estado prestando atención en vez de hacer garabatos y mirar por la ventana...
Y de repente Nada se sintió tan terriblemente cansado que dejó de importarle lo que le pudiera ocurrir. Todo aquello no era más que un montón de ***** vacía que no servía de nada.
-Oh, jódase -dijo, y captó el jadeo ahogado de la clase que contenía el aliento, y sus vítores silenciosos.
Media hora después Nada estaba sentado en el despacho del director esperando que la mezquina mano del destino académico cayera sobre él, y volvió a pensar en los espectros que le habían visitado la noche anterior. ¿Visiones o meramente vapores del whisky? No importaba. “Tienes que salir de aquí -le habían dicho-. Tienes que salir de aquí...”
Después de la escuela un grupo de chicos se reunieron en el aparcamiento y fueron a la casa de Laine Petersen para fliparse un rato. El hermano mayor de Laine se había ido a la universidad y había dejado olvidada su pipa de agua, un complejo aparato de cerámica en forma de calavera, con gusanos que se retorcían entrando y saliendo de las cuencas vacías. Tenías que poner un dedo sobre uno de los agujeros de la nariz para mantener el humo dentro.
Julie, la chica de Laine, tenía una bolsa de hierba, la clase de maría de bajísima calidad que te desgarraba la garganta y hacía que tus pulmones parecieran convertirse en pergamino si retenías el humo demasiado tiempo; pero los chicos aún no eran lo suficientemente sofisticados como para desear algo mejor, y quince minutos después de llegar allí todos estaban flotando por la estratosfera. Alguien puso una cinta de Bauhaus y subió el volumen al máximo. Laine y Julie empezaron a dar vueltas sobre la cama fingiendo que follaban.
Nada tenía sus dudas sobre hasta dónde llegaba el interés de Laine por las chicas. Las paredes de su habitación estaban recubiertas con posters de The Cure; Laine había visto actuar al grupo en concierto tres veces, y en una ocasión se había colado entre bastidores para buscar a Robert Smith, el cantante, y ofrecerle un ramito de rosas color rojo sangre entre las que había escondido dos trocitos de papel secante impregnados de ácido. Julie llevaba el pelo locamente enmarañado formando pinchos que sobresalían en todas direcciones, y era una fanática del carmín rojo y el maquillaje para ojos lo más negro posible. Nada sospechaba que lo que más le gustaba a Laine de ella era que tuviese un cierto parecido superficial con Robert Smith.
Recorrió la habitación con la mirada. Unos cuantos chicos y chicas se sobaban inexpertamente dándose ruidosos besos húmedos. Veronica Haston le había subido la falda a Lily Hartung y había deslizado dos dedos bajo el elástico de las bragas de Lily. Nada contempló el espectáculo durante unos minutos sintiendo un vago interés. La bisexualidad estaba muy de moda. Era una de las pocas formas de sentirse osados que tenían a su alcance. Nada había tenido vanas experiencias de ese tipo, pero aunque había saboreado sus bocas y había acariciado sus partes más delicadas e íntimas, ninguno de sus compañeros de juegos eróticos había llegado a interesarle de verdad. Pensar en ello hizo que se sintiera triste, aunque no estaba muy seguro del porqué.
Se acostó en el suelo, alzó la mirada hacia un poster clavado con chinchetas en el techo justo encima de la cama de Laine y contempló los labios de Robert Smith aumentados de tamaño varios miles de veces y manchados con un carmín rojo anaranjado que los convertía en dos relucientes objetos sexuales. Nada deseó poder caer por entre ellos, poder bajar por la garganta de Robert Smith y acabar enroscado dentro de su vientre, cómodo y seguro. La maría estaba empezando a ponerle un poco nervioso. Quería hacer cien cosas a la vez, pero ninguna de ellas aquí. Nada comprendió que cuando estaba con aquellos chicos a los que llamaba amigos se sentía mucho más solo de lo que se había sentido en su dormitorio anoche. La cinta de Bauhaus llegó a su fin, y nadie puso otra. La fiesta empezó a disgregarse. Una chica con aspecto de hippie a la que Nada no conocía se despidió de Laine haciendo un signo de la paz con la mano. Julie también se puso en pie para marcharse, y explicó que se suponía que estaba castigada en casa porque su madre se había dado cuenta de que el aliento le olía a cerveza cuando volvió muy tarde después de una fiesta la semana pasada. “Qué coñazo”, dijo Laine, pero no parecía importarle demasiado.
Nada bajó la mirada hacia el suelo y empezó a sentirse deprimido. En una ocasión había visto a Julie tan colgada de ácido que se había convencido de que la carne se le estaba derritiendo y le goteaba de los huesos, ¡y sus padres se ponían hechos una furia porque bebía cerveza!
Julie ya estaba en la puerta, pero metió una mano en su bolso.
-Puedes quedártela -dijo-. Dijiste que te gustaba, y yo nunca la escucho..., esa música es demasiado broncas para mí.
Le alargó una cinta de fabricación casera y aspecto barato. Alguien había escrito ¿ALMAS PERDIDAS? con rotulador sobre la pegatina.
Nada sintió que se le aceleraba el pulso. Cuando oyó aquella cinta en casa de Julie, algo oculto en ella pareció hablarle directamente. Se acordaba de unas cuantas líneas de una letra. “No tenemos miedo..., dejad que venga la noche..., no tenemos miedo.” La voz dorada del cantante que entonaba aquellas palabras había despertado en el interior de Nada un coraje que ignoraba poseer, la creencia de que llegaría un día en el que su vida sería algo más que lo que había conocido hasta entonces; pero la pandilla consideraba que mostrar cualquier exceso de sentimientos era una actitud poco elegante. Por lo que sabía Nada de ellos, parecían suponer que debías comportarte como si siempre estuvieras mortalmente aburrido y harto de todo. Nada se limitó a sonreír a Julie, dijo “Gracias” y se metió la cinta en el bolsillo de atrás del pantalón.
En cuanto Julie se hubo marchado, Laine se levantó y puso una cinta de The Cure. Después se acostó en el suelo al lado de Nada. Su cabellera teñida de un rubio blanquecino cayó sobre sus ojos desparramándose en largos mechones. Su mano encontró la de Nada y la apretó. Nada no le devolvió el apretón, pero tampoco apartó la mano.
-¿Te apetece que te la chupe? -preguntó Laine.
Era uno de los miembros más jóvenes de la pandilla -sólo tenía catorce años-, pero cultivaba talentos de lo más arcano. Nada había visto la leyenda Laine la chupa de muerte escrita en más de una pared de retrete de la escuela.
-¿Y Julie?
-Julie no me excita mucho -dijo Laine-. Pero tú me gustas... Creo que eres realmente demasiado, tío.
Laine se irguió apoyándose lánguidamente en un codo y se inclinó sobre Nada para acariciarle el rostro. Nada cerró los ojos y se dejó tocar. El contacto le resultó bastante agradable. Laine le abrazó
y enterró la cara en el hombro de Nada. Olía a champú y a cigarrillos de hierbas aromáticas.
-No te la he chupado desde agosto -dijo-. Venga... Quiero hacerlo, en serio.
-De acuerdo -replicó Nada.
Atrajo el rostro de Laine hacia el suyo, y le besó empujando delicadamente con la lengua hasta abrirle los labios. La boca de Laine tenía un sabor a sal casi imperceptible, como si estuviera empapada de lágrimas. De repente Nada sintió una pena terrible por Laine, quien era demasiado joven para saber tantas cosas; y quiso tener algún gesto de ternura hacia él, algo que pudiera hacer que los dos se sintieran tan jovenes como eran en realidad.
Pero la lengua de Laine ya estaba trazando un sendero de humedad a lo largo del pecho de Nada, y las manos de Laine ya estaban desabotonando los tejanos de Nada y tiraban de ellos hacia abajo. Nada alzó la mirada hacia la boca super-aumentada de Robert Smith. La voz sensual y un poco enronquecida del cantante le rodeaba y le hacía sentir como si estuviera precipitándose por entre sus labios. Las manos y la lengua de Laine empezaron a trabajarle con la habilidad fruto de una larga práctica. Nada sintió que algo se retorcía y se agitaba en su interior. Bajó una mano para acariciar la cabellera reseca y extrañamente quebradiza de Laine, y Laine alzó la cabeza y le contempló con sus ojos límpidos y totalmente libres de malicia o culpabilidad.
Cuando empezó a correrse, Nada volvió a pensar en la camioneta negra que había pasado por delante de la escuela y en el fragmento de canción que había oído brotar de sus ventanillas. Se preguntó dónde estaría la camioneta en aquellos momentos.
Estuviera donde estuviese, le habría gustado estar allí.
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