–•(-•SEPULCRO•-)•–
hola estamos en actualisasiones!!
disculpa las molestias!!!!
Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» óbito incesante
por camila Miér Jun 24, 2009 9:07 am

» La música de los vampiros: primera parte
por lady_bathory Mar Jun 23, 2009 5:52 am

» AVISO URGENTE ACERCA DEL FORO!!!!!
por DArk pRinceSs Sáb Jun 20, 2009 11:11 pm

» Un cuerpo sin alma
por lady_bathory Sáb Mayo 30, 2009 2:33 am

» El «YO PECADOR» DEL ARTISTA
por lady_bathory Sáb Mayo 30, 2009 2:28 am

Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada


La música de los vampiros: primera parte

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

La música de los vampiros: primera parte

Mensaje  lady_bathory el Mar Jun 23, 2009 5:52 am

3


La carretera se extendía ante ellos haciendo un poco de pendiente, y la camioneta negra avanzaba por aquel tramo inclinado como si fuese una montaña rusa, y el día era soberbio. Twig conducía con un codo asomando por la ventanilla. Molochai ocupaba el asiento contiguo y se entretenía mordisqueándose los dedos pegajosos mientras dejaba que el viento soplara en su cara. Zillah dormitaba sobre un colchón extendido en la trasera de la camioneta, disfrutando del límpido calor del otoño. El colchón estaba muy sucio, y había zonas recubiertas de manchas y costras cuyo color iba desde el marrón oscuro hasta el casi negro. Antes de que pasara mucho tiempo tendrían que tirarlo en un vertedero y conseguir un colchón nuevo.

Molochai volvió la cabeza cuando pasaron por delante de la escuela.

-¡Eh! ¡Niñitos!

Twig le dio un cachete.

-Presas pequeñas e insignificantes... Qué aburrido.

-Bueno, pues yo creo que en una secundaria habría mucha diversión. Todos esos chicos de caramelo y esas niñas de azúcar...

Molochai se imaginó deslizándose a través de los pasillos invadidos por las sombras de la tarde a esa hora en que casi todo el mundo se había ido a casa, avanzando con la nariz y la boca saturadas por el olor reseco del papel, el aroma casi impalpable del polvo de años que se ha ido acumulando en los rincones hasta convertirse en mugre, el excitante olor subyacente que ha dejado tras de sí la carne joven y sana impregnada por el chisporroteo de las hormonas y ungida por el veloz fluir de la sangre. Quizá alguna alumna se habría quedado allí después de las clases..., una niña mala a solas en una clase vacía, enfurruñada y con la mirada baja. Nunca llegaría a ver la silueta que se acercaba por el pasillo y que se detenía delante de la puerta. Molochai pensó en desgarrar la piel suave, blanca y firme de un estómago justo por encima del revoltijo de vello púbico. Era su sitio favorito para morder a las chicas.

-Un templo del aburrimiento -dijo Zillah desde atrás. Se estaba trenzando el pelo. Siempre llevaba un mechón teñido de púrpura, oro y verde, y estaba entrelazando los tres colores, jugueteando con la trenza y separándola delicadamente con los dedos-. El aburrimiento es un pecado. El aburrimiento es blasfemo.

Molochai soltó un bufido.

-Vamos, ¿qu‚ sabes tú de esas cosas? ¿Cuándo has estado aburrido?

-Tengo cien años -dijo Zillah, y contempló sus largas uñas como si fuesen lo más interesante del mundo. Después sacó de su bolsillo una botellita de esmalte negro y empezó a pintarse las uñas con pulcra meticulosidad-. Vosotros dos sólo tenéis setenta y cinco, pero yo cumpliré cien años este mismo año. He estado aburrido. Ahora estoy aburrido.

-Yo tengo cien años. -Twig metió una mano debajo del asiento del conductor y encontró una botella-. ¡Y este vino nació el martes pasado! Bebamos por ello.

-Tengo cien años -farfulló Molochai con los labios curvados alrededor del gollete de la botella.

El vino era tan pegajoso y dulzón como si estuviera hecho de uvas podridas. Molochai se lamió los labios y tomó otro trago.

Siguieron conduciendo y bebiendo sin mirar un mapa ni una sola vez. No necesitaban mapas. La posibilidad de que existieran rutas alternativas o de que se pudiera distinguir entre los caminos marcados con trazos verdes, rojos y amarillos no encerraba ni la más mínima fascinación para ellos. El calor del indefinible magnetismo alcohólico que había en su sangre hacía que se sintieran atrás hacia la próxima ciudad, y hacia la siguiente después de ella. Twig siempre sabía qué caminos debían tomar, a lo largo de qué autopistas podían avanzar rugiendo a mayor velocidad, o qué rutas asfaltadas tendidas a través de los campos eran recorridas por los agentes de la policía estatal y los buenos ciudadanos temerosos de Dios. Acababan de llegar de Nueva York, donde habían podido saciar sus apetitos cada noche con sangre enriquecida por drogas extrañas, donde una fanática de las discos con un tornillo flojo a la que habían conocido una noche había permitido que pasaran los días durmiendo en su apartamento del East Village hasta que empezaron a ser un poco descuidados y dejaron algo irreconocible y hecho tiras dentro de su bañera. La chica les dijo que las perversiones eran estupendas, pero que a ella no le iba la muerte; y además habían manchado de sangre su único juego de toallas. Aún estaba intentando decidir cómo iba a librarse del cuerpo cuando se largaron del apartamento sin que se enterase.

Molochai, Twig y Zillah eran unos auténticos genios en el arte de las huidas discretas. Habían tenido montones de práctica. Zillah había enseñado a Molochai y Twig cómo comportarse de forma tranquila y despreocupada, cómo limpiar la sangre de sus caras y controlar su respiración apasionada antes de abandonar la escena de una muerte. Zillah pensaba que si él no hubiese estado allí para servirles de guía los dos habrían muerto varias veces, probablemente con estacas atravesando sus corazoncitos de amantes de la noche. Cierto, Zillah tenía cien años y los otros dos sólo tenían setenta y cinco, pero aun así para los patrones de su raza no eran más que adolescentes. Zillah se acordaba de los ojos insondables de Christian, y de su dignidad callada y casi dolorosa. ¿Cuántos años tendría Christian ahora? ¨Trescientos, cuatrocientos...? Pero a Zillah le resultaba muy difícil imaginarse a Christian comportándose de una forma tan estúpida e imprudente como Molochai y Twig, incluso cuando sólo era un bebé de cincuenta años.

Aun así, Zillah no podía olvidar que estaban a su cargo. Aceptaban las órdenes sin vacilar y sin hacer preguntas, y a cambio esperaban que Zillah cuidara de ellos y que se encargara de pensar en su lugar. Entre los dos quizá llegaran a reunir medio cerebro. Sabían que Zillah era el inteligente del trío, pero estar con ellos siempre resultaba divertido.

Zillah había conocido a la pareja en una fiesta muy elegante celebrada durante los alegres años veinte, una reunión estilo Gran Gatsby con farolillos de papel y partidas de croquet jugadas por borrachos sobre el césped. Molochai y Twig habían buscado refugio en un rincón del jardín, y estaban encogidos sobre sí mismos burlándose de los trajes de noche que llevaban las mujeres. Cada vez que un camarero pasaba junto a ellos llevando una bandeja llena de copas de champán, alargaban los brazos y cogían dos copas cada uno, una para cada mano. Cuando Zillah fue hacia ellos estaban demasiado borrachos para reconocerle como uno de los suyos, pero la hermosura de su rostro y su elegante traje de lino blanco hicieron que les cayera en gracia. Le llevaron a la gran casa creyendo que estaban atrayéndole hacia su muerte, e intentaron atacarle en un salón del piso de arriba decorado únicamente con pieles de animales y cabezas disecadas. Zillah arrojó a Molochai y Twig al otro lado de la habitación, alzó en vilo sus cuerpos e hizo entrechocar sus cabezas bajo las mandíbulas de un león disecado que nunca dejaría de rugir; y luego se abrió una vena en la muñeca y les dio de beber con inmensa ternura. Después de aquello fueron suyos para siempre..., o casi.

Estaban a varios kilómetros del pueblo cuando renunciaron a encontrar el puesto de donuts que Molochai creía recordar haber visto en una ocasión cuando viajaban a lo largo de aquella autopista, y se detuvieron en un local de la cadena 7-Eleven. Molochai llenó una bolsa enorme con golosinas y pasteles Hostess. Twig seleccionó un envoltorio de plástico sellado lleno de rodajas de salchichón y se cargó de vino barato.

La cajera les contempló con una concentración que casi rozaba lo fascinado, y cambió la posición de su gordo trasero sobre el taburete instalado detrás de la caja registradora mientras tiraba de los prendedores de plástico multicolor que mantenían en su sitio los mechones resecos de su cabellera. Cuando los ojos de Zillah se encontraron con los suyos, la mujer sintió que se le humedecían las entrañas. Ese territorio desconocido con el que estaba tan poco familiarizada que se extendía entre sus piernas se estremeció y quedó repentinamente empapado.

La cajera tenía la cara llena de lunares. le sobraban montones de kilos y se imaginaba que llegaría a los cuarenta años sin haber sido tocada por ningún hombre; pero algo en los ojos verdes de Sillah hizo que se sintiera cómo solía sentirse cuando echaba un vistazo a los ejemplares de Playboy y Penthouse que vendían en el supermercado, antes de que se dijera a sí misma que esas cosas no la interesaban en lo más mínimo y volviera a ir a la iglesia. Algo en aquellos ojos hizo que se preguntara qué sentiría permitiendo que un hombre se acostara sobre ella y le metiera su herramienta dentro. Buscó a tientas su paquete de Mores, encendió uno y aspiró el humo con una calada hambrienta mientras veía alejarse la camioneta negra y se preguntaba si aquel ángel de ojos verdes volvería alguna vez.

Cuando volvieron a estar en la carretera Twig fue sacando rodajas de salchichón del plástico y se las metió en la boca, meneando la cabeza de un lado a otro como un leopardo en pleno frenesí alimenticio mientras engullía la blanda carne casi sin masticarla. Molochai tragaba bocados pegajosos de pastel y crema. Zillah lamió una rodaja de salchichón, mordisqueó delicadamente los dos extremos de un pastelito Twinkie y tomó sorbos de la botella de tinto Thunderbird. Ninguno de ellos se sintió satisfecho.

-¿Estaremos en DC esta noche? -preguntó Molochai quitándose el chocolate de los dedos a lametones.

Twig contempló la carretera.

-*****, estaremos allí dentro de una hora; pero puedes estar seguro de que seguir s teniendo la misma clase de hambre que tienes ahora por lo menos hasta después de que haya anochecido.

Nadie se tomó la molestia de preguntar por qué. Sabían en qué lugares de la ciudad se podían encontrar las mejores presas. Los clubs, los callejones que se extendían bajo la luna de medianoche...

-Sí. -Molochai consiguió curvar los labios en una sonrisa pegajosa, y pensó en las noches de la ciudad-. Así que nos quedaremos en DC durante un par de noches... ¿Y luego qué?

Twig pensó unos momentos antes de contestar.

-Podríamos volver a California. Las heladerías de Chinatown te encantaban, ¿no?

-Pero queda muy lejos, y además entre nosotros y California está todo el desierto. Nada que comer, nada que beber... Ni personas ni sangre.

Zillah cerró los ojos y se acarició las pestañas con la punta de una reluciente uña negra.

-Podríamos bajar hasta Nueva Orleáns -dijo-. Podríamos hacer una visita al bar de Christian.

A Twig se le iluminaron los ojos.

-¡Christian! ¿Os acordáis de Christian?

-¡Ah, el bueno de Christian!

-¡No bebe... vino!

Los tres se echaron a reír.

-Sí, pero puede que todavía siga en el bar. ¡Bebida gratis!

-Y la sangre de todo el mundo estará saturada de vino, cerveza y whisky...

-Y de chartreuse-dijo Zillah.

Guardaron silencio durante un momento, y sus lenguas saborearon el recuerdo de los altares y del Jardín del Edén.

-Hagámoslo.

-Vayamos a ver al bueno de Christian.

-Ah, el viejo y querido Chrissy... -dijo Molochai.

-¡Chrissy!

Twig se derrumbó sobre el volante y sufrió un incontenible ataque de hilaridad.

Zillah le pasó la botella a Molochai.

-Habrá que empezar a guardar envases. Esta noche tendremos que embotellar algo... Después de DC puede que el suministro de líquido escasee un poco.

Molochai y Twig no dijeron nada, y meditaron sobre la terrible posibilidad de una larga temporada de sequía. Después Twig se encogió de hombros.

-Sí, pero a la ***** con eso -dijo-. ¡Vamos a Nueva Orleans!

Molochai volvió a poner música, y los tres cantaron con Bowie apoyándose el uno en el otro, sus voces cada vez más suaves y ceceantes a medida que se iban emborrachando más y más. Zillah deslizó las manos sobre la cabellera de Molochai alisando los enredos. Twig sonrió mientras la carretera se desplegaba ante ellos, una lisa cinta mágica que se iría desenrollando igual que una alfombra hasta llevarles al bar de Christian en Nueva Orleans.
avatar
lady_bathory
New
New

Cantidad de envíos : 13
Edad : 25
Fecha de inscripción : 30/04/2009

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.