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dama palida X

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dama palida X

Mensaje  loki el Mar Jul 08, 2008 1:56 am

Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me sintiera, cuando entró en la cámara una de mis mujeres y pronunció el nombre de Gregoriska. El joven la seguía. Intenté levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él dio un grito al verme, y quiso lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.

-¿Qué vienes a hacer aquí? -le pregunté.

-¡Ay! -dijo él- ¡venía a decirte adiós! A decirte que abandono este mundo que me es insoportable sin tu amor y tu presencia; a anunciarte que me retiro al monasterio de Hango.

-Gregoriska -le respondí- estás privado de mi presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Te amo siempre, y mi mayor pena es que este amor sea en adelante casi un delito.

-Entonces, ¿puedo esperar que rogarás por mí, Edvige?

-Sí, pero no lo podré hacer por largo tiempo -repliqué yo con una sonrisa.

-¿Por qué no? Pero en verdad te veo muy abatida. Dime, ¿qué tienes? ¿Por qué tan pálida?

-Porque... Dios tiene ciertamente piedad de mí, y a él me llama.

Gregoriska se me acercó, me tomó una mano que no tuve fuerza de sustraerle, mirándome fijo al rostro:

-Esa palidez no es natural, Edvige -me dijo- ¿cuál es la causa?

-Si te la dijera, Gregoriska, creerías que estoy loca.

-No, no, habla, Edvige, te lo suplico; estamos en un país que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a ninguna otra familia. Dime, dímelo todo, te lo encarezco.

Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando por el contrario advertí que me prestaba gran atención.

Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante.

-¿De manera -preguntó él- que te duermes cada noche a las nueve menos cuarto?

-Sí, por muchos que sean los esfuerzos que haga para resistir al sueño.

-¿Y a esa misma hora crees ver abrirse la puerta?

-Sí, aunque eche el cerrojo.

-¿Y luego experimentas un agudo dolor en el cuello?

-Sí, aunque sea apenas visible la señal de la herida.

-¿Me permites ver?

Doblé la cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz.

-Edvige -dijo Gregoriska después de un momento de reflexión-, ¿tienes confianza en mí?

-¿Me lo preguntas? -contesté.

-¿Crees en mi palabra?

-Como creo en el Evangelio.

-¡Bien! Edvige, por mi fe, te juro que no tienes ocho días de vida si no aceptas hacer, hoy mismo, lo que voy a decirte.

-¿Y si consiento?

-Si consientes, quizás te salves.

-¿Quizás? -él se calló-. Suceda lo que fuere, Gregoriska -continué diciendo yo- haré cuanto me ordenes hacer.

-Escucha entonces -dijo él- y ante todo no te espantes. En tu país, como en Hungría y en nuestra Rumanía, existe una tradición.

Temblé porque esa tradición ya había vuelto a mi memoria.

-¡Ah! ¿Sabes lo que quiero decir?

-Sí -contesté- en Polonia vi algunas personas padecer el horrendo hecho.

-Quieres hablar del vampiro, ¿no es verdad?

-Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran sus víctimas.

-¿Y qué se hizo para liberar de eso a la región?

-Se les clavó un palo en el corazón, y luego los quemaron.

-Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta. Para librarte de tu fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere.

-¡Oh, Gregoriska! -exclamé espantada.

Dijo:

-Quienquiera que fuere, lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible aventura, es necesario que hagas todo lo que te exigiré.

-Di.

-Estate preparada a las siete. Desciende a la capilla, pero desciende sola; es necesario que venzas a toda costa tu debilidad, Edvige. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consiéntemelo, amada mía: para velar por ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos.

-¡Oh! Gregoriska -exclamé- ¡si es él, te matará!

-No temas, amada Edvige. Consiente solamente.

-Sabes bien que haré todo lo que quieras, Gregoriska.

-Entonces, hasta luego a la noche.

-Sí, haz lo que creas más oportuno, y te secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós.

Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda carrera por el camino del monasterio; era él.

Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no se reza en nuestras tierras sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos; no me levanté sino al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera, apoyándome en el muro, y me dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.

Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de Hango. Ceñía una espada santa, reliquia de un antiguo cruzado que asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-Hardouin y Baldouin de Flandes.

-Edvige -dijo él golpeando con la mano su espada- con la ayuda de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza tu vida. Acércate, pues, resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión, recibirá nuestros juramentos.

Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más solemne. Nadie asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las coronas nupciales. Vestidos ambos de luto, giramos en torno al altar con un cirio en la mano; luego el monje, tras pronunciar las sacras palabras, agregó:

Váyanse ahora, hijos míos, y el Señor les dé fuerza y valor para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de la inocencia de ustedes y defendidos por Su justicia, vencerán al demonio. Vayan, y benditos sean.

Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el brazo de Gregoriska, y me pareció que al contacto de aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida. Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi cámara. Sonaban las ocho y media.

-Edvige -me dijo entonces Gregoriska- no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer desvelada y verlo todo?

-Junto a ti nada temo: quiero permanecer despierta y verlo todo.

Gregoriska extrajo de su pecho un boj2 bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio:

-Toma entonces esta ramita -me dijo- acuéstate en tu lecho, recita las preces de la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y aguarda.

Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida. Gregoriska se ocultó tras del trono de que ya hablé. Contaba yo los minutos, y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la escalera y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como empujada por sobrenatural fuerza, y entonces... -La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora-. Y entonces -continuó haciendo un esfuerzo- vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las parihuelas2; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto, todo era cadáver... carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos.
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